En la radio del coche dieron paso a una entrevista que trataba de las investigaciones de arqueólogos y antropólogos sobre varias cuevas de Granada donde se habían descubierto huesos humanos con evidencias de haber sido parte de la dieta de otros humanos. Las cuevas parece que estuvieron habitadas desde el Paleolítico hasta la época Nazarí. Podríamos imaginar que tales antropófagos no comían carne y tuétano humano como parte de una dieta habitual, pero nos queda la duda de que así fuera o de que formara parte de un ritual o de que quizá fuera la forma extrema de alimentarse con sus propios muertos una vez que escaseara la comida. Me imagino que no debió de resultarles en absoluto tabú probar la carne de su abuelo o de su hija fallecida. Es mas, quizá fue una forma tangible de conservarlos vivos al formar parte ahora de sus propias células. Yo no me imagino almorzándome a mis hijos porque, al igual que el incesto, son los dos grandes tabúes de nuestra cultura. Ya lo dijo el antropólogo Levy Strauss, que nuestra cultura, lo que nos hace humanos, es la prohibición del incesto y la antropofagia. Pero me queda un último comentario sobre la cueva del municipio de Moclín (Granada). Dicha cueva, donde más restos humanos fagocitados por humanos se han encontrado, tiene el irónico nombre de cueva de Malalmuerzo. Quiero pensar que tiene razón la leyenda que dice que dicha cueva fue atacada y vencida por los cristianos que sorprendieron a los musulmanes que la defendían cuando estaban almorzando. Sin embargo, dicho nombre revela que hoy día, comerse uno a su padre o a su abuelo no augura una buena digestión.





