Mañana viajo a Heidelberg junto con la madre de mi hija para asistir a la defensa de la tesis doctoral en la que ha estado trabajando Inés durante los últimos cinco años. Si todo sale bien, el día 11 de septiembre se doctorará en Bioquímica. Será la primera doctora en la genealogía paterna. Un servidor fue en su momento el primer licenciado universitario del linaje. Ahora ella será la primera doctora.
Ayer recordaba el día en que nació, hace algo más de 31 años. Se abrió el ascensor hospitalario y en una cama iba su madre y en brazos de la comadrona la pequeñez de aquella morenita que llamaba la atención por su abundante pelo y su carita risueña. Estaba tranquila, sumida en un sueño reparador tras el trance del parto. La comadrona preguntó: "¿quién es el padre de esta niña?" Un servidor levantó el dedo índice como un parvulario tímido y la buena señora se acercó a mí y poniéndomela en los brazos exclamó: "¡venga, cógela para que te vayas haciendo a la idea!" No sé si fue la levedad de su peso o el sentirla acunada en mis brazos pero un borbotón de lágrimas me corrieron mejillas abajo. Mi suegra, que estaba a mi lado, me preguntó qué me pasaba. Con voz rota y como pude le dije que lloraba de felicidad, que en ese momento es cuando realmente me daba cuenta de que mi hija ya estaba en el mundo. Ahora, esa menudita figura es toda una mujer que ha sabido luchar por lo que quiere, que jamás se ha rendido ante las dificultades del camino. Una valiente. Ahora, en este momento, quiero honrar y me inclino ante ella y ante todo el linaje de las mujeres de la rama paterna y materna que se doctorarán cuando ella lo haga. Valió la pena.






